domingo, 20 de noviembre de 2011

Por qué no celebro el "fin de Berlusconi": ocho tesis

1.- Porque el “fin de Berlusconi” expresa una pedagogía política anti-democrática

El Gobierno de Silvio Berlusconi ha caído por su incapacidad de poner freno al desplome de credibilidad de la economía italiana frente a la dictatura de los mercados. Sin embargo la causa que ha desencadenado su deposición no ha sido un movimiento de protesta o de contestación popular, sino unas maniobras internas a la clase política italiana – en la que los poderes fuertes de la Unión Europea (UE) han jugado un papel discreto - a la que la ciudadanía ha asistido pasivamente, abucheando o vitoreando sus protagonistas como si de un evento deportivo se tratara. Si es verdad que las encuestas vaticinaban un desplome de la popularidad de Silvio Berlusconi a mínimos históricos, atribuir el cambio de Gobierno a los resultados de esta encuestas equivale a remplazar los instrumentos de participación democrática con otra dictatura, la manipulación mediática de los sondeos


2. Porque Berlusconi sigue asentado en el poder

El Partito della Libertà es la pieza clave de la mayoría gubernamental que sostiene el Gobierno de Mario Monti. A pesar de no tener en ella el papel predominante que tenía el la precedente, sí es indispensable. Silvio Berlusconi mantiene el control pleno de este partido, y, de consecuencia, conserva un enorme poder de influencia sobre el desarrollo de la política italiana – con la ventaja añadida de poder aparecer en primer plano solo cuando le convenga


3.- Porque los fundamentos ideológicos del régimen siguen vigentes

La caída del Gobierno de Silvio Berlusconi no ha sido acompañada por una critica pública de sus fundamentos ideológicos. Más allá de los excesos mediáticos (el bunga-bunga, las fiestas, los chismes de mal gusto, las meteduras de pata en el escenario internacional), el Gobierno de Silvio Berlusconi ha sido la expresión de una amplia mayoría social y política fundada en el individualismo social, una concentración del poder económico, financiero y mediático sin precedentes, la desregulación del mercado laboral, el desprecio hacia la función pública, la ley y sus ejecutores, la corrupción económica y moral, el patriarcado machista, la liberalización y comercialización de los bienes comunes, la exaltación acrítica de soluciones privadas y individuales a las necesidades sociales. Ninguno de estos presupuestos políticos y ideológicos ha sido explícitamente cuestionado durante la transición desde el viejo al nuevo gobierno. Por supuesto, sí cabe esperar que el nuevo escenario político introducirá un replanteamiento de algunos de ellos, y un estilo más civilizado en otros que hacían de Italia un caso impresentable de Republica Bananera en la Europa del Siglo XXI


4.- Porque las bases materiales del poder de Berlusconi siguen intactas

La concentración de inmensos recursos económicos, financieros y mediáticos en las manos de un político de primer plano sigue intacta. Por supuesto, afrontar el “conflicto de intereses” no está en la agenda política italiana en este momento


5. Porque los tecnócratas son el problema, no la solución

En Italia se está realizando un experimento de ingeniería política de lo más avanzado en el mundo occidental: el de un gobierno compuesto exclusivamente por personalidad formalmente ajenas a una filiación política concreta: lo que con calculada ambigüedad se define un gobierno de “tecnócratas”. Mucho se podría discutir sobre si la califica de “técnico” se aplica a Mario Monti, un político ligado originariamente al “partido nuevo” fundado da Berlusconi en 2001, y que el líder “envió” a la Comisión Europea para quitarse de encima un competidor que podría hacerle sombra en el escenario político nacional. Sin embargo, aún aceptando esta definición engañosa, no es ahora el momento de “gobiernos de tecnócratas”, sino de gobiernos que asuman decisiones profundamente políticas. La salida de la crisis económica no es un proceso políticamente neutral. Se puede salir de la crisis salvaguardando los bolsillos de los ricos, de los especuladores y de los emprendedores, o los de los trabajadores, pensionistas y parados. Se puede salir de la crisis salvaguardando derechos y redes de solidaridad sociales, o institucionalizando el darwinismo social y el “salvase quien pueda”. La demagogia del “gobierno de tecnócratas” conlleva una trampa extremadamente peligrosa para la salud democrática: las medidas políticas que el Gobierno tomará para atajar la crisis ya se presentan como “inevitables”,  y como tales se substraen al necesario debate público democrático. Se presenta la quiebra del país como la única alternativa al cumplimento del programa del Gobierno de Mario Monti. Naturalmente, cualquier critica desde izquierda al programa del nuevo gobierno se descalifica como “pinza” que favorece objetivamente la vuelta de Silvio Berlusconi al poder. El There Is No Alternative de Margaret Thatcher resuena amenazante en el escenario político italiano


6.- Porque  el nuevo Gobierno ahondará en los “planes de austeridad”

Las “medidas de austeridad” a las que el Gobierno de Silvia Berlusconi se comprometió en su últimos días con la UE (y aprobadas por casi todos los grupos parlamentarios a la vigilia de las dimisiones del Gobierno) tienen una impostación claramente liberal: desgravaciones fiscales para los contratos temporales, liberalización y comercialización de los pocos servicios municipales todavía gestionados por el administración pública (incluida le gestión del agua, que el pueblo decidió en referéndum el pasado octubre quedarse bajo pleno control público), aumento de la edad de jubilación, precarización de las condiciones laborales y salariales de los trabajadores públicos, recortes en los presupuestos de las administraciones locales. La implementación de este primer “pequeño” (según la UE) plan de ajuste está a cargo del Gobierno de Mario Monti. La UE ha dejado claro que estas medidas no son suficientes, y que se necesitan más austeridad, más recortes y más ajustes. El Gobierno de Mario Monti obedece, en ara de devolver confianza a Italia en el marco europeo. El programa económico del nuevo Gobierno está todavía envuelto en secretismo y incertidumbres. Sin embargo, las primeras filtraciones apuntan a una disminución de los impuestos directos para las empresas, un aumento de los impuestos indirectos (IVA), la reintroducción del impuesto sobre la primera vivienda, y más liberalización económica. El impuesto sobre las grandes fortunas – gran esperanza del pueblo de izquierda con la nominación del de Mario Monti a Primer Ministro – no esta en la agenda política del Gobierno en este momento.


7.- Porque el Gobierno “técnico” aumenta el descrédito de la democracia

Como en otros países europeos, el descrédito que los ciudadanos expresan hacía la clase política está muy extendido. El nuevo Gobierno de Mario Monti presume ser compuesto solo por técnicos sin afiliación política. Un improbable éxito de sus esfuerzos para atajar las consecuencias de la crisis económica tendrá como consecuencia ahondar en el descrédito hacía la democracia representativa. La historia reciente de Italia nos muestra las salidas que se han dado a momentos de crisis de la democracia representativa: el fascismo, el terrorismo de estado, la ingerencia de potencias extranjeros en los asuntos políticos internos. De hecho, con el actual Gobierno de Mario Monti Italia ya acepta de hecho la tutela ejercida por los gobiernos de los países centrales de la UE y por el Banco Central Europeo (liderado ahora por Mario Draghi, buen amigo de Mario Monti) sobre sus procesos políticos internos


8. Porque El Gobierno de Mario Monti allana el terreno a una nueva victoria de la derecha política

El Gobierno de Mario Monti es directa expresión de los intereses de clase de la grandes familias de emprendedores del Norte de Italia (así como del Vaticano), en una alianza con la media y pequeña burguesía productiva y (a través del Partido Democratico) con una parte de las clases populares. Si – como lamentablemente es muy probable – el Gobierno Monti será recordado en los libros de historia por una política económica de austeridad, recortes presupuestarios, desregulación económica y disminución de derechos laborales, ninguna ventaja vendrá al centro-izquierda del haber apoyado políticas que pertenecen a la tradición de los partidos conservadores. Las grandes centrales sindicales (así como la patronal) han asegurado su lealtad al Gobierno de Mario Monti, lo que conlleva que intentarán mantener una paz social que permita al Gobierno perseguir su programa de restauración financiera sin protestas en la calle. Si bien es posible prever una cierta rentabilidad política para la izquierda radical aglutinada alrededor del Partido della Rifondazione Comunista, el papel totalmente marginal que esta formación política tienen en Italia en este momento hace bastante improbable que pueda jugar un papel mucho más importante en el futuro.  Todo vaticina que la derecha política – con o sin un Berlusconi ya senil – verá reforzada su hegemonía política con las próximas elecciones.


sábado, 19 de noviembre de 2011

Histoires d'eau(x)

A Palermo, la parola "orientativo" è un fondamentale strumento di sopravvivenza. No, non voglio parlarvi di appuntamenti o orari "orientativi". Sarebbe banale e pretenzioso. Esiste una vasta letteratura, e poi non voglio togliere alla viaggiatrice la sorpresa di un'esperienza che può facilmente provare essa stesso al momento stesso del suo sbarco.

La pulizia delle strade è, ad esempio, "orientativa". Schiere di operai setacciano metro per metro la superficie della strada di fronte al parallelepipedo rosso in cui vive la mia famiglia - un edificio balzato anni fa alla ribalta della cronaca nazionale quando i teleutenti di tutto il paese videro che il seminterrato ospitava la sede dell'impresa di costruzioni di una coppia di fratelli "pentiti". Il gilet giallo rifrangente di rigore ne accentua l'aspetto di esseri soprannaturali, giunti da un altro pianeta; magari quella mitica Unione Europea le cui arcane direttive lo impongono. Tuttavia, il frutto di tanto accanimento lascia uno strato solo apparentemente casuale di rifiuti trascurati, come a ricordare che non solo le carrozze dei nobili spagnoleggianti tanto disprezzati da Goethe amano camminare su un suolo morbido. Senza ironia, il maggiore quotidiano della città riporta in prima pagina che il Presidente della locale impresa di nettezza urbana attribuisce alla sporcizia dei palermitani l'insufficiente pulizia delle strade. Non dice se si riferisce alla cittadinanza come concetto platonico, od ai suoi stessi lavoratori, che hanno natura lavoratrice e cittadina.

Esistono anche fermate dell'autobus "orientative". Per quanto ti sforzi a sbracciarti all'arrivo dell'agognato veicolo, l'autista guarda dritto davanti a sé e continua la sua corsa, intimamente fiero di assicurare ai suoi passeggeri la puntualità del servizio. Ma anche gli autisti  - così come i lavoratori della nettezza urbana - celano un cuore umano dietro la ferra maschera di servitori della società: se, superato il primo istante di sorpresa, il potenziale ed appiedato passeggero insegue l'autobus attraverso il traffico permanentemente congestionato della città, prima o poi, in un punto stabilito solo delle leggi del caso e della pietà umana universale, il veicolo si ferma, le porte si aprono, ed il viaggio prosegue con un passeggero in più.

Una di queste fermate "orientative" si trova a metà di Via Giafar, nel quartiere Brancaccio. Brancaccio è una delle periferie di cui ci si ricorda solo quando serve riempire le pagine di cronaca nera. La Via Giafar a metà mattina è il consueto labirinto di automobili, motociclette, camion, furgoncini e carrelli trainati a mano. La fermata dove dovrebbe concludersi il mio tragitto di passeggero incidentale è oggi l'appendice di un vicino negozio di frutta e verdura. Casse di arance, kiwi e cachi giacciono protette dalla tettoia. In effetti il cielo è grigio, potrebbe piovere.

Mi avvio verso la mia meta, schivando il bazar improvvisato. Un assembramento di uomini di ogni età indica una strada laterale. All'inizio non capisco. Sullo sfondo del filare di case basse ed irregolari si staglia una massa giallastra, un muro uniforme di pietre tufacee. Sottili irregolarità nella disposizione delle pietre suggerisce delle porte, e finestre più alte della case che lo circondano. Panni stesi, motociclette, giocattoli, ed una incongrua collezione di sedie da giardino addossate al muro creano l'indispensabile sensazione di anacronismo. Sono a Palermo, mi rassereno.

Ad una seconda impressione capisco di essere arrivato. Sono al Castello di Favara-Maredolce, appartenuto all'Emiro Giafar Ibn Muhammed nel IX secolo, poi residenza "di delizia" del Re Ruggero. Un cancro benigno nella bruttezza irrimediabile del Sacco di Palermo degli anni '60.

Passeggio attorno alle mura esterne, immerso in un olezzo di secrezioni animali ed umane. Ordine e caos si fronteggiano. La parete occidentale termina in un arco che incornicia senza nessuna ironia case ad un piano dai muri che trasudano muffa ed intonaco screpolato. Sono le ultima famiglie in attesa di sfratto, tutta la loro vita si è svolta nell'antico patio del giardino di sollazzo dell'Emiro, senza alcuna ombra di ironia.

L'interno del Castello (nome improprio, perché il Maredolce non è mai stato una struttura di difesa) vive in un limbo giuridico. È un cantiere privato, al quale il pubblico non ha accesso se non in occasioni in cui si va scoprendo poco a poco la carne nuda di questa corpo stupendo per il diletto voyeuristico della cittadinanza illuminata (che risponde con tanto entusiasmo da creare ingorghi di traffico in tutta la zona). Allo stesso tempo, è via pubblica e transito per le famiglie che ancora qui vivono, in attesa dei sapere che futuro le attende. Con la timidezza di chi viola uno spazio doppiamente privato mi avvicino al centro del patio. Dalla terra sventrata emergono antiche condutture, e suddivisioni di spazi. Non è solo il palazzetto arabo che respira l'aria umida del mattino nebbioso, ma anche - pare - una villa romana preesistente.

Mi accoglie il Signor. O. Le macchie sul volto e sulle mani incorniciano adeguatamente il suo parlare cadenzato, tranquillo, di chi sa che per andare avanti in Sicilia conta solo la l'ostinazione di chi vuole durare un minuto di più del proprio interlocutore-avversario. Lui del Castello è l'anima. Non ostenta un titolo, una carica, un responsabilità. A volte parla di una "Associazione" per cui offre volontariamente la sua energia di pensionato, ma rimarrò fino all'ultimo con la curiosità di sapere di quale associazione di tratta, o se lui abbia un ruolo formale. Ma non importa. Lui è l'energia interiore, la forza che sostiene il cantiere, si direbbe le mura stesse del Castello. È anche l'occhio preoccupato di quello che vi succede attorno; chiede alla dirimpettaia dell'Emiro di un familiare in ospedale, parla con effetto del custode ricoverato. Ed è, sopratutto, la memoria viva del Castello: del sollazzo durante la Palermo felicissima di epoca arabo-normanna; dell'orografia del Favara, sorgente del lago che circondava da tre lati il palazzo; dell'arroganza dei Teutonici che privarono gli abitanti del borgo dell'accesso alla medesima acqua sotto minaccia di scomunica; dell'ignoranza produttivistica delle Famiglie Bologna e Castelluccio, che trasformarono il Castello in una azienda agricola. Ai piedi del Monte Grifone, al di là dell'autostrada e quindi mondo inaccessibile nel tempo e nello spazio, la Chiesa di San Ciro è un muto rimprovero al capriccio della cultura che seleziona ricordi, testimonianze, epoche da ricordare ed epoche da lasciare nell'abbandono.

 Ci sono voluti anni. Una danza macabra di preghiere, minacce, petizioni, incontri stringendo mani sudaticce di assessori e funzionari obliqui e temporanei, promesse, leggi che non arrivano, e quando arrivano non sono accompagnate dal regolamento, e regolamenti che non servono perché mancano le risorse, o la forza per costringere le risorse a piegarvisi. Ma il Signor O. ha dalla sua l'orgoglio di un miraggio, la brezza che passa fra le verzure del giardino dopo avere strappato all'acqua del Favara un po' della sua frescura. Crede, con sano scetticismo della ragione, che questo miraggio possa ancora apparire. Il miraggio ha vinto l'ottuso attaccamento del Governo alla realtà. A partire dal 2009 la Regione Siciliana finanzia i lavori di restauro del Castello, che continuano. Una manciata di operai proteggono il loro Castello come se lo stessero costruendo per i loro figli. Mi avevano cacciato con arroganza e violenza (solo verbale) quando mi era affacciato per la prima volta all'area dei lavori. Non sanno quanto sono loro riconoscente per questo, ma lo capirebbero, credo. Lavorano e lottano per me, o - più precisamente - al posto mio. Quando siamo di fronte allo specchio originario del lago che si vuole nuovamente coperto della acque del Favara, il Signor O. sistema un ramo della staccionata il cui chiodo si era staccato. Tolleranza zero alla mancanza di dettaglio.

 Il Signor O. non solo vede miraggi. Sogna, anche. Sogna che il Castello sia il seme del "riscatto" dell'intero quartiere. Sogna circuiti turistici che portino viaggiatori di tutto il mondo a scoprire il mondo arabo-normanno, un mondo le cui tracce esistono solo in questo triangolo dell'universo, passando per la Zisa, il Palazzo Reale, La Cuba, e terminando a Brancaccio con la necessaria apoteosi gastronomica in una trattoria di cui mi dice un nome privo di risonanze (solo più tardi scopro che questa trattoria non esiste più, appartiene ad una Palermo che non solo lo spazio, ma anche il tempo mi rubano). Sono sogni che ho già sognato. Nemmeno l'olezzo dei cumuli di spazzatura abbandonata ed in putrefazione accanto all'ingresso della scuola elementare mi svegliavano.

 Non siamo d'altronde fatti della stessa materia di cui sono fatti i sogni? E non dobbiamo forse scuoterci questo sonno, che altro non è che la contraffazione della morte? Saluto il Signor O., e mi sovviene di Euridice che non vuole tornare alla Terra.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Vastità

Viaggiando per il centro della Sicilia si può capire perché storicamente il siciliano - dice Tomasi di Lampedusa - ha sempre pensato di essere il centro del mondo. Come si fa a non credersi il centro dell'Universo quando si domina con lo sguardo una schiera di valli e colline che non sembra interrompersi mai, fino a confondersi con le brume dell'orizzonte?

Lo penso mentre siedo sui pochi resti - rocce squadrate allo stesso modo delle pietre sagomate del vento - della Rocca Entellina, città degli Elimi sulle cui rovine gli arabi costruirono una fortezza a dominare la Valle del Belice. Gli Elimi vissero una delle tante epoche felici della storia dell'Isola, divisa fra il predominio della Fenicia Panormus (Palermo) e della greca Syracusae (Siracusa), ben prima che Archimede dette ai secondi il vantaggio del suo genio per costruire micidiali macchine da guerra. Il quarzo della pietra si rifrange in scaglie affilate e lucenti, come micidiali punte di frecce. Il passaggio di un trattore nella valle è un frastuono che interrompe l'urlo adirato del vento. All'imbrunire, una striscia bianca copre la cima della collina vicina, fresca di aratura. Dal suono ritmico dei campanacci distinguo un gregge, un serpentone candido che si snoda verso valle prima che la sera taccia.

C'è ancora tempo di visitare il vicino Castello Calatamauro - penso. Un'immagine di una ventina di anni fa mostra un torrione di pietra bianco, a malapena distinto dalle rocce calcaree che dominano Contessa Entellina. Imbocco una strada di campagna che alterna tratti asfaltati a rovi e sterpi. In uno dei tratti meglio mantenuti la strada si trasforma improvvisamente in una boscaglia fitta, difficilmente penetrabile perfino a piedi. L'incoscente tentativo di varcarla si interrompe di fronte a una rete di filo di ferro arruggunito che separa l'infinito dall'infinito, metafora di ogni frontiera e proprietà. Ritorno, perplesso. A casa, confrontando il mio percorso con la fotografia passata, mi accorgo che il perimetro attorno alla rocca del Castello è adesso recintato da un muro; un cancello proibisce l'ingresso, ma discretamente omette di accennare al tesoro storico che racchiude (peraltro debitamente segnalato da vari cartelli stradali lungo il cammino), come a vergognarsi di impedire al visitante la fruizione di un bene pubblico.

 Ritorno verso Palermo. Questa volta è la serrata dei benzinai contro un provvedimento fiscale del Governo (tre "giorni di Passione" per gli automobilisti, come li descrive la radio) a farmi tornare verso la il caos sicuro della città. Tranquillo sentimento di pienezza e di soddisfazione - sicuramente contribuisce il "panificio storico" di Corleone da cui si cono provvisto di calzoni, focacce e biscotti per pranzo. Sulla piazza centrale gruppi di studenti aspettano la corriera per - andare a scuola? tornare da scuola? dove si può andare carichi di zaini e libri alle tre del pomeriggio? I loro drammi, le loro grida sono le stesse dei giovani di tutti gli studenti del mondo - amori disperati, amicizie eterne; occhi e mani che parlano il linguaggio di sensi che non possono esprimersi socialmente. Mi chiedo se sappiano della curiosità che il loro essere corleonesi susciterebbe in un loro coetaneo di Oxford o Saragozza, se sanno di essere anche loro al centro dell'Universo di storia e terrore, una rete di pregiudizio che il Centro di Documentazione del Movimento Antimafia ("giri guidati ogni ora", avvisi in italiano ed inglese) non basta a dipanare. Magari lo sanno, e non se ne preoccupano, eterni come sono. Nemmeni i tre vecchi che discutono e mezze parole di quotidiane ingiustizie sembrano doversene preoccupare.

 La Piazza Falcone e Borsellino di Corleone è un istante di immersione nella vita. Alle Terme di Cefalà Diana un'impiegata della Sovraintendenza Provinciale alle Belle Arti (credo) mi ripete a memoria come una scolara coscienziosa la lezione sulla fauna e la flora del Parco di Pizzo Chiarastella, i gufi che si nascondono negli anfratti delle pietre millenarie e rigettano il cibo che non possono digerire (debitamente mostrato al visitante), ed i plastici delle scolaresche vicine che mostrano l'interno delle Terme, che oggi, però, non si possono visitare - sono gestite de un altro ente. Alla fine della lezione scrivere un commento nel libro di visite è obbligatorio, ma è un obbligo gradevole. Al Castello di Marineo, un'esposizione con eccellenti pannelli esplicativi (e stampati con caratteri grandi, che anche una vista in declino può leggere senza difficoltà) riportano in vita l'antica città di Makella, altro centro elimico che dominava la Valle dell'Eleuterio. Qui i Normanni riportarono una vittoria decisiva nella loro marcia di conquista dell'isola, che gli permise il controllo di una via d'acque navigabili fino a Solunto, aprendosi la via verso Palermo. Uno degli impiegati mi racconta, con la discrezione e la semplicità cristallina di chi si scusa di "non essere un esperto", la storia di questi reperti straordinari: coppe e bicchieri di uso quotidiano di un disegno semplice ed avvenieristico, ceramiche a decorazioni geometriche squisite, resti di elmi millenari che "non dovrebbero mai essere stati qui". Una mostra di fotografie sulla memoria della Sicilia nell'Unità d'Italia mescola incongruamente tessere annonarie del fascismo, Lima e Ciancimino all'uscita del Teatro Massimo (la moglie di Don Vito, avvolta in una macabra stola di volpe, fa da simbolo del potere della Democrazia Cristiana nell'Isola), le donne che preparano lo stratto di pomodoro, spargendolo su grandi tavole di legno a seccare. Due ragazze guardano dalla finestra della loro casa-prigione, e la loro bellezza è dolorosa, come tutte le cose perdute senza averle possedute. La mia guida si rammarica che la Regione non faccia nessuna pubblicità a questo museo, di cui effettivamente sembro essere il primo e probabilmente unico visitante della giornata. Mi trattano con la distinzione dell'ospite di riguardo in una festa familiare. Questo, naturalmente, non sembra impedire alla Regione di ritenere sei impiegati indispensabili per la sua gestione quotidiana.

 Al Castello di Cefalà Diana ritorno allo scopo originario del mia viaggio, il contatto con la pietra, il vento e la terra. L'arco di quella che nove secoli fa era una grande sala incornicia il cielo azzurro pieno, una di quelle maledizioni della natura che fanno accettare al siciliano di vivere in un eterno e disperato presente - così dicono la buona e la cattiva letteratura degli scrittori isolani. In fondo, al di là di Misilmeri, il mare è un altra ferita dolorosa, un desiderio bruciante perché insoddisfatto. Sembra molto più lontano del giorno di cammino, un giorno che per i contadini della zona era un lusso inestinguibile. Giù, non visti (o sì?) un gruppo di contadini confabulano. L'antica diffidenza riemerge: perché si incontrano proprio lì, proprio adesso, al "riparo da occhi indiscreti" (il Castello è ufficialmente chiuso alle visite turistiche) come si scriverebbe in un romanzo poliziesco o in un articolo di cronaca nera? Quando riscendo la scale che portano al Castello, le loro automobili circondano la mia. Immagini di un terrore che è passato e presente nel territorio mi tornano alla mente. Rido di me stesso, ma solo a metà. Passo attraverso la muraglia umana, senza scambiare uno sguardo od un saluto, guardando dritto un paesaggio che non vedo. Mi ignorano, come io li ignoro, salutandosi.

 Se fossi un turista statunitense potrei raccontare di avere interrotto con la mia sola presenza un summit di boss mafiosi.

 Ma sono un palermitano emigrato. In città mi aspettano il caos del traffico, le code davanti ai benzinai (le pompe, prese d'assalto, sono ormai secche), la serie inesauribile di omicidi del telegiornale di Canale Cinque, e lo spread, che è altra e ben più triste cosa dello stratto.