En 2007-08 los precios de los principales alimentos alcanzaron niveles record, elevando el numero de las personas que en el mundo padecen desnutrición crónica en 115 millones. El Banco Mundial, la Organización de Naciones Unidas (NU) para el Alimentación, la Organización para la Cooperación y de Desarrollo Económico coinciden en atribuir buena parte de la responsabilidad de este crisis a los mercados financieros.
El arma de destrucción masiva en esta matanza mundial han sido los productos financieros derivados. Se trata de inversiones que, literalmente, “apuestan” sobre el precio futuro de un activo de referencia. Este activo puede ser una materia prima como el arroz, el maíz u otro cereal. Estas inversiones especulativas tienen dos efectos sobre el precio de los alimentos. En primer lugar crean una gran volatilidad a corto plazo. Los especuladores pueden mover millones de dólares en cuestión de segundos (250 millones de Euros cada segundo según estimaciones corrientes), y los precios de los “activos de referencia” los siguen. Esta volatilidad golpea a los más pobres: si los precios suben, no pueden comprar suficiente comida (un habitante del Sur Global gasta en promedio el 80% de sus ingresos en alimentos); cuando los precios bajan, los campesinos quiebran, ya qué no tienen un colchón financiero que les permita superar la falta de liquidez. Además, hay productos financieros que directamente apuestan a una subida de los precios a largo plazo. La misma rapidez de las transiciones financieras favorece el comportamiento gregario de los inversores (todo el mundo sigue las “ondas alcistas” sin pensar). Se estima, por ejemplo, que hoy entre el 30 y el 60% del precio del petróleo se debe a las “apuestas” del mercado financiero sobre el inicio de una próxima fase de desabastecimiento. Mientras que el porcentaje global de especuladores en alimentos ha aumentado del 12% al 65% entre 1996 y 2008, el precio de los alimentos se ha duplicado entre 1999 y 2011.
No debería sorprender a nadie que las grandes corporaciones financieras globales sigan cosechando ingresos fabulosos en plena crisis: Goldman Sachs ganó 5 billones (con “b”) de dólares en 2009 a través de inversiones en productos derivados de materias primas; JP Morgan 1.2 billones, y Barclays Capital 340 millones en 2011.
Este proceso puede afectar el acceso a bien tan básicos como el agua. Según estimaciones de NU, 884 millones de personas en el mundo no tienen acceso a agua potable, y 3 millones y medio mueren cada año por enfermedades relacionadas con agua contaminada. NU fomenta la gestión privada del agua, aún sabiendo que esta acarrea aumento de las tarifas, restricciones en la universalidad del acceso, corrupción y contaminación. Las grandes transnacionales financieras empiezan a ver el negocio que el agua puede representar. El economista jefe de Citigroup apuesta a que “en 25-30 años […] instrumentos financieros basados en el agua […] serán los más importantes entre los […] basados en materias primas”. Sin ir tan lejos, entre los inversores interesados a hacerse con la mayoría de las acciones del Canal de Isabel II (CYII), que el Gobierno de la Comunidad de Madrid quiere privatizar a pesar de los 625 millones de Euros de beneficios que ha producido en los últimos 9 años, están fondos soberanos de inversión de Singapur o Abu Dhabi, bancos alemanes o australianos, y Mutua Madrileña. Estas empresas no tiene experiencia o interés en le gestión del agua. ¿Cuáles serían los costes sociales de una quiebra del CYII a causa de especulaciones financieras equivocadas?
Frente a todo esto, ATTAC pide la prohibición global de los productos derivados sobre materias primas, un impuesto global sobre las transiciones financieras, y la gestión 100% pública de todos los servicios que garantizan derechos sociales.
[una versión reducida de este articulo ha sido públicado por "La Opinión" de Murcia]